La nueva serie de Madeleine Selman

“Mis manos no solo tocan el mundo; intentan sostener el misterio de lo que no podemos ver.” — Madeleine Selman

En su serie “Manos”, Madeleine Selman convierte el gesto en lenguaje y la materia en símbolo. Cada obra es una extensión del cuerpo, una metáfora del contacto entre lo visible y lo invisible. Las manos, protagonistas absolutas, no son simples formas escultóricas: son puentes entre el pensamiento y la emoción, entre lo que el arte puede tocar y lo que solo puede intuir.

La artista propone una reflexión sobre el acto de sostener —no como posesión, sino como cuidado—. En estas piezas, el gesto se transforma en un espacio de contemplación, donde el tiempo, la memoria y la identidad se entrelazan en una poética del tacto.

Ofrenda al infinito

Ofrenda al Infinito

 

Sobre un fondo amarillo vibrante, las manos negras emergen como si ofrecieran algo al universo. En su centro, una forma moteada —amarilla con manchas negras— parece viva, en metamorfosis. Es una ofrenda, un símbolo de lo que se entrega sin esperar retorno.

Las manchas que se dispersan alrededor evocan movimiento, expansión, energía. La obra respira, late, se abre como un ritual. Aquí, las manos son refugio y nacimiento, un espacio donde lo invisible toma forma.

“Ofrenda al infinito” habla de la generosidad del gesto, de la capacidad humana para crear y liberar. Es una pieza que invita a mirar hacia adentro, hacia ese lugar donde lo que damos también nos transforma.

El guardián de lo eterno

El guardian de lo eterno

En esta obra, el tiempo se vuelve materia. Las manos azul oscuro se cierran en un círculo que sostiene engranajes y piezas de reloj, como si intentaran detener el paso de las horas. El fondo naranja, intenso y cálido, actúa como campo energético, vibrante y casi solar.

Los pequeños engranajes dispersos alrededor sugieren que el tiempo no es lineal, sino fragmentado, recombinado, humano. Las manos no aprisionan el mecanismo: lo protegen. Son guardianas del instante, del pulso que nos conecta con lo eterno.

“El guardián de lo eterno” es una meditación sobre la memoria y la permanencia. En ella, Selman convierte el gesto en una forma de resistencia ante el olvido.

Coordenadas del alma

Coordenadas del alma

La tercera obra introduce una dimensión cósmica y espiritual. Dos manos translúcidas, cuajadas de pigmentos y flores, sostienen un corazón verde sobre un fondo negro trazado con geometrías doradas —círculos, estrellas, lunas— que evocan mapas celestes. Aquí, el gesto se convierte en cartografía interior: las manos no solo sostienen, sino que orientan. “Coordenadas del alma” es una meditación sobre la armonía entre lo humano y lo universal, entre el pulso del cuerpo y el orden del cosmos.

La obra amplía la serie hacia una lectura más espiritual, donde el tacto se transforma en brújula y el arte en constelación.

Una poética del tacto y del misterio

La serie “Manos” se despliega como una constelación de símbolos. Cada obra es una pregunta abierta: ¿qué sostenemos cuando tocamos el mundo? ¿Qué misterio se esconde en el acto de crear?

Madeleine Selman responde con materia, color y gesto. Sus manos son máquinas de sentido, capaces de contener el tiempo, la metamorfosis y la emoción. En ellas, el arte se vuelve cuerpo, y el cuerpo se vuelve lenguaje.

Conclusión: el gesto como memoria y mapa

Con “Manos”, Madeleine Selman traza una trilogía del gesto: la ofrenda, la custodia y la orientación. Cada obra —Ofrenda al infinito, El guardián de lo eterno y Coordenadas del alma— revela una faceta del vínculo entre cuerpo y misterio.

Son manos que piensan, que sienten, que sostienen lo que no puede verse. Manos que nos recuerdan que el arte es, en esencia, una forma de tocar el alma.

 

Para conocer más de su arte, sigue a Madeleine en sus redes sociales y no te pierdas detalles de sus proximas exposiciones.