- Medidas:55x46x3cm
- Precio: 250 euros c/u
El díptico que se nos presenta es una evocación visual poderosa del orisha Iroko, figura enigmática y esencial dentro del panteón yoruba. La obra se compone de dos paneles que, a primera vista, parecen dialogar entre sí a través de una textura orgánica y envolvente, donde lo humano y lo vegetal se funden en una simbiosis ritual.
Composición y simbolismo
- Cada panel revela un rostro parcialmente oculto entre pliegues de tela verde y dorada, como si emergiera desde el interior de la ceiba misma —árbol sagrado donde habita Iroko, ya sea en sus raíces o en su follaje.
- El verde, símbolo de la naturaleza viva, y el dorado, emblema de lo divino y lo consagrado, se entrelazan para representar la dualidad de los deseos que Iroko gobierna: los que elevan y los que corrompen.
- La textura del fondo, rica en matices y relieves, sugiere una corteza ancestral, un espacio donde el tiempo se detiene y los orishas se congregan.
Lectura espiritual
Iroko, también conocido como Arakba o Iroke, es el orisha del caminante, aquel que transita entre mundos, entre decisiones, entre deseos. La obra no lo representa de forma literal, sino que lo invoca: los rostros velados son reflejo del misterio, del espíritu que guía sin mostrarse del todo. La consagración a través de Obatalá se insinúa en la serenidad de las expresiones, en la pureza contenida en la composición.
Valor artístico
Este díptico no solo es una pieza estética, sino también un altar simbólico. Su fuerza radica en la capacidad de sugerir sin imponer, de convocar sin definir. Es una obra que exige contemplación lenta, casi meditativa, y que recompensa al espectador con una experiencia espiritual más que visual.
En definitiva, el díptico logra lo que pocas obras consiguen: convertir el lienzo en un espacio de veneración, donde el arte se convierte en rito, y el espectador, en caminante.